Tengo el corazón cansado.
El alma.
La mente.
Tengo ganas de que estés,
que estemos bien.
Tengo ganas de que seas,
pero de eso no se trata,
o no funciona así.
Pero quiero, te juro.
Por eso estuve,
por eso estoy.
Por eso espero,
que estés.
Por alguna razón él tenía que estar ahí... Y estoy profundamente agradecida.
Recostada sobre el piso de madera, sonaba de fondo esta canción, mientras él me acariciaba el cuello el pelo, mis gestos, mis tensiones.
Y entre la música, sus manos y su voz pidiendo que suelte, rompí en llanto.
Me levantó y casi en una maniobra, estaba sobre él, acurrucada entre sus brazos, piernas...y su calor.
Lloré. Lloré mi duelo. Lloré soltando, con la certeza de que ya estaba bien. De que el dolor debía irse.
Él me abrazó en silencio pero fuerte, con el entendimiento que sólo da la empatía y con la seguridad de quien desea acompañar y sanar.
Y fue. No sé cómo. Pero mis partes están terminándose de acomodar.
No siempre es despectivo ser un barrilete. Y lo estoy entendiendo ahora.
Es ser errante, es ir para donde te lleve el viento, remonte quien te remonte.
Allá vos librado al azar
y acá yo librada a soltar.
Sali de charlar con ese que me hace reír, llorar y
reflexionar
Caminé. Caminé hasta entender que no importaba cuánto
caminara, la ciudad no me servía de compañía.
Gente en demasía, por el invierno y eso de las
vacaciones.
No, no es que no me guste la gente, pero es que cuando
necesito pensar o dejar de hacerlo, camino sin mirar, estoy sin estar. Traslado
mi cuerpo en una sola dirección, con una musiquita elegida sonando en mis
oídos, y las personas, los semáforos, los autos, los empujones, los apuros..
Todo interfiere.
Sin embargo caminé. Riendo, llorando, con miedos. Bajé y
subí escaleras. Y después de un rato, lo encontré a él. El de la casa con
colores, el de las emociones a flor de ser, y entendí todo.